Muere el sacerdote y ajedrecista William Lombardy, la única ayuda de Fischer contra Spassky

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En la película «El caso Fischer» («Pawn sacrifice»), tenía un pequeño pero significativo papel, interpretado por Peter Sarsgaard. Muchos conocieron allí la enigmática figura de William J. Lombardy, sacerdote, escritor, entrenador y jugador de ajedrez (difícil establecer un orden entre sus oficios), famoso sobre todo porque fue la única ayuda técnica y filosófica que tuvo Bobby Fischer en el Mundial que le ganó a Boris Spassky en Reikiavick, en 1972. El pasado viernes falleció, parece que de un ataque al corazón, en su localidad natal, Martínez (California). El próximo 4 de diciembre debería haber cumplido 80 años.  

Lombardy también tuvo su momento de gloria sobre los tableros, aunque quizá prefirió la de los cielos. En 1957, fue el primer estadounidense capaz de ganar elcampeonato mundial juvenil, en Toronto, con un resultado perfecto: once victorias en once partidas, récord de efectividad que no ha sido igualado (ni será superado). En 1960 jugó en el primer tablero del equipo que ganó en Leningrado el campeonato mundial de estudiantes. Bill ganó a un joven Spassky, un buen aperitivo y estupenda manera de conocer cómo sabían las victorias sobre los rusos. Según cuenta The New York Times, fue la primera vez que los soviéticos caían ante los americanos, lo que desencadenó una pequeña crisis.

Antes, sufrió una infancia muy dura, en el Bronx, en una familia de muy limitados recursos, en un hogar familiar que no merecía ese nombre, porque parecía más bien una nevera. El ajedrez, que aprendió a los nueve años de un amigo judío, suponía una pequeña evasión para sus problemas. Frecuentó los parques neoyorquinos en los que se podía practicar el juego y poco después el mítico Chess Manhattan Club, donde murió Capablanca, donde deslumbró Fischer. Con 16 años se proclamó campeón de Nueva York, el más joven que había tenido nunca el Estado.

De forma paralela, estudió filosofía y ética, y luego educación física en la Universidad de San Luis, que con el tiempo se ha convertido en la capital del ajedrez en Estados Unidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 1960 logró el título de gran maestro, después de la Olimpiada de Leipzig (en la que hizo tablas con Botvinnik, otro campeón mundial)  y al año siguiente quedó segundo, solo por detrás de Bobby Fischer, en el campeonato de su país, resultado que lo clasificaba para el Interzonal de Estocolmo, en plena carrera por el campeonato del mundo. Lombardy decidió apearse, sin embargo, para ordenarse como sacerdote católico, una jugada difícil de prever para cualquier rival.

Pese a todo, no abandonó del todo el juego y volvió a quedar segundo de Estados Unidos en 1962 y primero, empatado con Robert Byrne, en 1963. Ese año también ganó el campeonato nacional de partidas rápidas. Desde el español Ruy López, probablemente, ningún religioso había alcanzado un nivel de juego tan alto (espero que los eruditos sepan corregirme). En 1965 y 1975 volvió a compartir el primer puesto en el Abierto de Estados Unidos. Jugó cuatro Olimpiadas de Ajedrez, en 1968, 1970, 1974 y 1976, con excelentes resultados: tres medallas de plata y una de oro, todas como reserva.

En los años 80 volvió a sorprender a todos con otra jugada audaz. Dejó el sacerdocio, se casó con la holandesa Louise van Valen y tuvo un hijo, Raymond, que fue quien confirmó su muerte. Siguió jugando hasta 2010 y nunca abandonó del todo la enseñanza del ajedrez.

Como ayudante y entrenador de Bobby Fischer vivió varias etapas. Lo conoció cuando el futuro campeón tenía 11 años y le dio sus primeras clases. Después lo ayudó en el Interzonal de Portoroz, en 1958. Ese año el pequeño Bobby se convirtió en el gran maestro más joven de la historia, con 15 años. No estaba previsto que lo asistiera también en el duelo contra Spassky, pero Fischer se peleó con Larry Evans, su segundo en los enfrentamientos contra Larsen y Petrosian, y lo llamó en el último minuto.

Mal pagado y peor reconocido, Lombardy hizo su papel con brillantez. Parece que aportó más de lo que luego el campeón quiso reconocer, pese a lo cual nunca le guardó rencor. Si hay un cielo, es casi seguro que se lo ganó. Y si después lo perdió alguna vez, seguramente fue un descuido. Para terminar, contaremos uno de sus pecados veniales, que recuerda el gran maestro Ian Rogers: una vez aplazó una posición muy inferior contra Fedorowicz y en lugar de dejar una jugada en el sobre lacrado (los jóvenes quizá no sepan ni lo que es aplazar una partida), escribió: «Good morning asshole!», algo así como «¡Buenos días, gilipollas!». Perdió, claro.

Su página web es un tesoro que su muerte acaba de revalorizar.

El contenido de esta publicación es cortesía del Blog Jugar con cabeza

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