La Guerra de las Cien Partidas de ajedrez

6 de diciembre de 2017. En la prestigiosa Chess.com, Mike Klein escribe: «Hoy el ajedrez ha cambiado para siempre. Y puede que el resto del mundo también». Peter Heine Nielsen, que tiene el título de Gran Maestro de ajedrez y ha sido entrenador de dos campeones del mundo (Vishy Anand y el alucinante Magnus Carlsen), dijo: «Siempre me había preguntado cómo sería que una especie superior llegara a la Tierra y nos enseñara cómo juegan al ajedrez. Siento que ahora lo sé».

Estas muestras de admiración no van destinadas a ningún genio nórdico de mirada esquiva, no ha aparecido ningún Bobby Fisher adolescente y Kasparov no ha vuelto a sus mejores momentos. Lo que ha deslumbrado al mundo del ajedrez hace apenas dos meses son cien partidas entre dos ordenadores. Cien partidas en las que se jugó al ajedrez como no se había jugado nunca. Cien enfrentamientos que están haciendo las delicias de jugadores, expertos y analistas. Uno de los contendientes, el insultante ganador, aprendió a jugar de cero hasta hacerlo mejor que nadie en apenas cuatro horas, menos de lo que se tarda en ver la trilogía original de Star Wars.

El nuevo rey del ajedrez se llama Alpha Zero y su papá es Deep Mind, una empresa de inteligencia artificial que compró Google hace unos años y que ya en 2016 deslumbró al mundo con Alpha Go venciendo a Lee Sedol en el antiguo juego del Go. La criaturita aprendió jugando cuatro horas contra sí misma.

Lo de estos bichos fascina y asusta a partes iguales. Es difícil decir algo nuevo sobre el poder de la inteligencia artificial, algo que no sea entonar un «a dónde vamos a parar» o ir rindiendo pleitesía preventiva a un emperador que si bien no está desnudo, aún está en pañales.

Lo que a mí me vino a la cabeza cuando un amigo entusiasta del ajedrez me dijo que llevaba días viendo las partidas de Alpha Go y StockFish (el otro contendiente en La Guerra de las Cien Partidas), que muchos estaban como él y que ardían los foros de internet entre el estupor, el entusiasmo y la admiración, fue la primera vez que vi a un chaval de nueve años mirando en la pantalla los vídeos de un gamer jugando a su juego favorito (del chaval).

Yo no lo podía entender. ¿Y por qué no juegas tú?, pensaba yo. ¿No es más divertido? Pues aparentemente no. Visto el éxito de los gamers en Youtube, uno se da cuenta de que algo se le escapa. Al menos, a mí. Yo siento ante eso la sensación de salto generacional por mucho que, mirándolo con un poco de distancia, lo de los chavales viendo a un crack jugando a Minecraft en lugar de jugar ellos no es tan diferente a lo de millones de personas ante los televisores viendo a cracks jugando a un fútbol del que opinan como expertos, pero al que no han jugado ni jugarán nunca.

No tengo nada en contra de la inteligencia artificial, más bien al contrario. Además, mi opinión en esto es totalmente irrelevante para ustedes y no les digo nada para Alpha Zero. Pero de alguna manera sí que se me apaga algo dentro pensando en esas parcelas de la vida en las que nos vamos convirtiendo en meros espectadores. Eso me asusta y me entristece cuando de lo que se trata es de que alguien haga por nosotros algo tan sagrado como jugar.

Debe ser el invierno, que le hace a uno pensar que cuando era niño las nevadas eran más copiosas, el pan más sabroso y los juegos más divertidos. Y seguramente solo una de las tres sea verdad.

El contenido de esta publicación es cortesía de la página Web YOROKOBU

 

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